Merece la penaLucas Melcón ‘Malacara’el junio 13, 2022 a las 7:12 pm

Son las 18.45 de un miércoles. Un hombre de mediana edad espera para cruzar en el semáforo. Con la mirada perdida en la nada de la otra orilla, una lágrima se funde con el sudor de su frente a la altura de la mejilla. Es junio y hace un calor insoportable. A unos metros, una señora mayor se queja amargamente de una cojera que padece. Es entonces cuando un chaval que estaba a su lado se da cuenta de que el autobús que tiene que coger está en la parada y corre para alcanzarlo antes de que se vaya. Sin éxito, el autobús emprende la marcha. Toca esperar. En el interior del vehículo, una niña quiere explicarle a su madre que hoy no tuvo un buen día en el cole, que quizás se metieron con ella. Como no le salen las palabras y su madre sigue atendiendo una llamada del trabajo, no se lo cuenta y se guarda el testimonio en las tripas.

Cuando paseo por la calle me cruzo sistemáticamente con gente con problemas. No es que los problemas definan a estas personas, pero sí forman parte de su vida de alguna u otra manera. Es gente normal con problemas muy variados. Y a pesar de ser tan distintos, todos tienen algo en común.

El hombre de mediana edad que esperaba para cruzar el semáforo reanuda la marcha a su casa tras dejar a su hija con cuatro maletones en la estación de tren rumbo a Madrid. Sabe que es posible que ella nunca regrese para vivir en esta tierra de sus amores que es yerma en oportunidades. Que los hijos se vayan de casa en algún momento es normal (se agradece). Que una mayoría abrumadora de aquellos y aquellas que buscan un porvenir digno tengan que exiliarse, no. Sin unas políticas de empleo valientes y sin un plan destinado a la reindustrialización de esta tierra, su hija se ve abocada a abandonar Andalucía. Es el exilio o servir sangrías por 700€.

La señora hastiada de una dolencia crónica lleva meses esperando a que el especialista la vea. Mientras tanto, su cojera empeora. Su dolor se mezcla con el abismo de la incertidumbre al verse cada vez peor. Sola en casa, sospecha que en algunos años no podrá valerse por sí misma si todo sigue así, y que tendrá que solicitar algún tipo de asistencia. Sin embargo, prefiere no pensarlo demasiado, quizás conocedora de que 36.000 personas murieron en Andalucía en 2021 esperando una ayuda a la dependencia. Con una atención primaria cada vez más descuidada, unas listas de espera para la visita al especialista que duran meses o unas ayudas a la dependencia virtualmente inexistentes, el futuro de esta señora no pinta halagüeño. Es mayor y no tiene compañía. Le duele la pierna y también tiene miedo. Esta es la realidad que viven muchos de nuestros y nuestras mayores: no interesan a la administración.

Por su parte, el chico no corre hacia el autobús por el puro gusto de hacer ‘footing’. Lo hace porque sabe que los tiempos de espera en la parada son largos y porque le va a tocar aguardar al sol durante media hora. En unas ciudades que no terminan de transitar hacia la práctica desaparición del coche privado y que descuidan sus espacios verdes, sus fuentes públicas y las sombras de sus calles, esperar al autobús al sol en verano puede ser motivo de un golpe de calor.

Dentro del bus, la chiquilla que intenta decirle a su madre que hoy no tuvo un buen día tiene un nudo en el estómago. Y sí, todos los niños tienen días malos, es normal. Pero no es normal que muchos problemas se somaticen y acaben por crear un problema de salud mental que pueda ser peligroso a posteriori. La realidad es que vivimos en una pandemia de ansiedad y de jóvenes (y no tan jóvenes) con problemas de salud mental. En tal punto estamos que uno de cada cinco adolescentes deseó su propia muerte en 2021. No sé si se entiende la magnitud del problema y su más que probable alcance en unos años. Aun así, acudir a un especialista sigue siendo un privilegio para quien pueda pagarlo porque la sanidad pública da soluciones pobres o inexistentes a este tipo de problemas. Y debería ser un problema de Estado, a pesar de las mofas de algunos botarates de taberna en el Congreso.

Su madre, que sabe que algo pasa, sigue al teléfono. A pesar de que ya salió del trabajo, su jefe la llama fuera de horario para concretar algunas cosas que podrían esperar a mañana. Podría no coger, pero coge. Y coge con todo el dolor de su corazón fuera de horario porque lo mejor es no enfadar a la patronal aunque se pasen tus derechos por el forro. La falta de cultura de la conciliación por parte de las empresas y los pocos planes de corresponsabilidad por parte de la administración, orientados en especial para mujeres que trabajan y cuidan a mayores y menores, hacen que muchas madres que también son hijas y que también trabajan necesiten del don de la ubicuidad para poder atender a todas las tareas del día. Otra vez más, ellas, con el peso de la sociedad entera en su espalda.

Cuando paseo por la calle me encuentro gente de todo tipo y todos tienen historias que merecen la pena. Cosas buenas, muchas. Pero también problemas… problemas que a pesar de ser diferentes pueden tener una respuesta común: lo público.

Porque lo público podría haber hecho que la hija del señor que esperaba para cruzar en el semáforo no se hubiera tenido que marchar. Con propuestas ambiciosas que devolviesen la carga de trabajo industrial a esta comunidad. Financiando y colaborando y apoyando activamente a aquellas actividades que dejasen alto valor añadido en esta tierra en el medio y largo plazo o protegiendo, al menos, la poca industria existente. Pero ni esto ocurre, como en el caso de Airbus Puerto Real. Y que no todo fuera poner tapas. Porque con un desempleo juvenil de casi el 50% se hace imposible tener ningún tipo de expectativa de vida en esta tierra de la paz y la esperanza. Porque aquí se cultiva talento y se lo llevan otros. Porque este territorio baldío necesita del empuje de una industria de verdad. Alguna vez escucho aquello de «Hay que abrir los ojos y dejarse de historias: el turismo es lo que tenemos» y en algún lugar dentro de mí empieza a hervirme la sangre por culpa de esa mansedumbre que nos hace cautivos de nosotros mismos. ¿Qué es eso de es lo que tenemos? ¿Por qué no podemos albergar actividades económicas que no dejen cuatro duros, precariedad y temporalidad? ¿Somos conscientes del precio de nuestra propia resignación?

Porque lo público podría dar soluciones de verdad a los problemas relacionados con la salud de la gente de nuestra tierra. Que la pandemia ya pasó y las citas telefónicas no se han marchado. Y son dos o tres semanas para ver al médico de familia. Y son meses para visitar al especialista. Años, incluso, para alguna intervención. Además, miles de personas mayores están solas y tienen miedo a morirse solas sin el apoyo de la administración y del Estado que ellas y ellos ayudaron a construir. Una sociedad adulta y madura no puede tratar a sus viejos como una rémora. Y lo mismo puede decirse de la salud mental, ya que lo público es lo único que puede garantizar una solución integral y duradera al problema. Con citas que cuestan entre 50 y 80 euros la hora, muchas personas deben decidir entre su salud mental o pagar el alquiler. Ahí tiene que estar lo público.

Y también tiene que estar en las ciudades. Porque hará cada vez más calor y tienen que existir planes de verdad, con plazos, para sacar a los coches y para apostarlo todo a los transportes públicos y no contaminantes. Las ciudades tienen que ser lugares donde se pueda vivir. Hay que devolverle el espacio a la gente y retirárselo al vehículo privado. ¿Por qué renunciamos a todo ese sitio que es nuestro? ¿Por qué tiene que estar todo, siempre, en cualquier sitio, a cualquier hora, lleno de coches? Hay que pensar en lo que se nos viene, en veranos largos de calores insufribles. Lo público tiene que dar respuesta a eso, o mejor dicho, lo público es lo único que puede dar respuesta a eso. Más toldos, más arboleda, más fuentes, más carriles bici, más bancos, más parques y menos coches. Las ciudades tienen que ser espacios de convivencia, caminables, disfrutables, soportables, vivibles.

La iniciativa privada mueve la rueda de la economía: compro. Aunque a veces no necesitemos tanto. Pero es la pública la red que ha sostenido a esta sociedad en los peores momentos. Es lo que ha hecho que en las peores crisis no se haya caído este castillo de naipes. Lo público y la familia nos volvieron a salvar: otra vez más, soluciones colectivas.

Lo público es lo que nos separa del modelo estadounidense donde las coberturas en las que el Estado tiene competencias y puede aportar soluciones a la sociedad son prácticamente inexistentes y se restringen casi en exclusiva a la seguridad. Aunque quizás quienes nos gobiernan quieren que nos parezcamos cada vez más a eso. Público, lo mínimo. Todo privado. ¿No les va a interesar? Algunos tienen hasta acciones.

Andalucía necesita blindar sus servicios públicos, apostar por el empleo de calidad a largo plazo, comprometerse a adaptar las ciudades a un futuro de estíos sofocantes, pelear contra esta pandemia de la salud mental y fomentar el trabajar para vivir y no vivir para trabajar con un pacto por encima de ideologías (las ilusiones que se hace uno, pero por pedir que no quede). Y para eso es fundamental que también el votante conservador razonable (que alguno hay), que en esta tierra no es necesariamente rico, entienda que las opciones a las que vota sabotean, privatizan, maltratan, precarizan y se cargan lo que mañana puede curarle el cáncer a su hijo. Y que sepa lo que le costaría en Estados Unidos un tratamiento privado. Y que mire la deriva de nuestra sanidad que ya es la segunda peor de toda España. Y que presione. Y que se dé cuenta de que nos están meando en lo alto y a él también. Porque yo ya lo sé. Y usted que me lee puede que también. Pero a lo mejor no su vecino, o su madre.

Por eso, y como es iluso pensar que quien vota al PP pueda mañana votar a las opciones progresistas porque le dan mucha tirria (y esto hay que entenderlo), tiene que ser tarea de toda la sociedad convencer y luchar por lo que es objetivamente positivo para el conjunto de la mayoría, que somos usted y yo independientemente del partido al que votemos. No dejemos la política solo a los políticos: nosotros y nosotras tenemos que convencer a quienes no piensan igual de que lo público merece la pena y hay que defenderlo.

Hacen falta altura de miras y responsabilidad. Hace falta aparcar el cortoplacismo electoral que ahoga cualquier proyecto que no dé una rentabilidad inmediata. Hace falta entender que los problemas colectivos no pueden ser solucionados con parches individuales. Hacen falta muchas cosas pero sobre todo hace falta que nosotras y nosotros, también usted que me lee, tomemos conciencia de que nuestra vida podría ser mejor si abandonamos el miedo y el individualismo cobarde. Y que actuemos en consecuencia.

No podemos dejar que conviertan lo público en algo marginal. Solo así el conjunto de esta sociedad estará mañana más sana que hoy y más feliz. No será un camino fácil y no será un camino corto. Pero ¿no sería bonito ver a la gente más feliz por la calle? La alegría se contagia. Con suerte hasta a usted se le escaparía una sonrisita. A pelear.

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