China da un golpe en el orden mundial frente a Trump con su músculo tecnológicoIgnacio J. Domingoen mayo 1, 2026 a las 7:28 pm

China da un golpe en el orden mundial frente a Trump con su músculo tecnológico

El encuentro entre Trump y Xi Jinping previsto para este mes reflejará la reconfiguración silenciosa de poderes en el tablero global y la colisión entre dos modelos, con el gigante asiático ganando terreno

La guerra de Irán aleja a las monarquías del Golfo de su labrada imagen de refugio inversor en Oriente Próximo

Dos décadas después de sacudir la globalización con su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y su avalancha de manufacturas baratas, China vuelve a alterar el orden mundial. Esta vez, el golpe en la mesa de Pekín no procede de sus bajos costes, factor que le ha otorgado el estatus de Gran Factoría Global, sino de una reconfiguración deliberada, planificada y bien pergeñada de su modelo productivo.

Lo sorprendente es que este cambio de paradigma se está vislumbrando con suma nitidez en pleno voltaje geopolítico por la guerra en Irán. El conflicto ha encarecido la energía, tensionado el comercio y reordenado las cadenas de suministro y valor en todo el planeta, y ha dejado traslucir una inusitada capacidad de resiliencia en la segunda superpotencia económica del planeta.

El PIB chino ha retornado a la recién abandonada meta de crecimiento del 5% entre enero y marzo después de acelerar una mutación estructural que ha empezado a mostrar mayor musculatura e influencia internacional.

El contraste de la coyuntura global es ya revelador. Mientras las potencias industrializadas temen por la denominada estanflación (inflación y estancamiento económico) y otros mercados importadores de combustibles fósiles acusan el shock del oro negro, Pekín está amortiguando este impacto. Lo ha hecho gracias a años de diversificación energética, con un aumento de la extracción de carbón, proliferación de reactores nucleares y, sobre todo, fuentes renovables, lo que ha elevado sus reservas estratégicas y reducido su dependencia del crudo del Golfo Pérsico.

China, en definitiva, ha reforzado sus escudos de seguridad energética. Tanto, que ahora actúan como estabilizadores automáticos dentro de un entorno volátil. La escalada bélica no ha hecho descarrilar un patrón de crecimiento que parece blindado ante shocks externos.

Pero el auténtico cambio de paradigma emerge bajo la superficie de estos datos agregados. El vigor del PIB sigue apoyado en la industria y las exportaciones, aunque ya no tanto en sectores tradicionales que definieron el llamado primer shock chino, en el inicio del milenio. Ahora son los vehículos eléctricos, las baterías, los semiconductores y los negocios digitales los que propulsan la actividad. La producción de alta tecnología crece a doble dígito, la automatización industrial se acelera y la IA se integra en el tejido productivo con la aquiescencia del Estado y sus recursos.

Todo ello ha engendrado un nuevo escenario. China sigue compitiendo vía precios. Pero también lo hace en la escala tecnológica y con férreos controles sobre sus cadenas de valor y de suministro.

Este viraje está respaldado por una estrategia política explícita, además de en sus planificaciones plurianuales. El liderazgo de Xi Jinping enfatiza la autosuficiencia tecnológica, la construcción de modelos industriales “de gestión controlables” y la expansión de la demanda interna, genuina definición de las economías de rentas altas, aunque aún incipiente en el gigante asiático, como complemento a su motor exportador. Un modelo que no obstante muestra fuertes déficits, entre otros, un débil consumo de hogares, una inversión privada que fluctúa pero revela descensos, un mercado laboral con contracciones y episodios de deflación.

“La agenda reformista de Jinping no está exenta de fricciones”, anticipa el economista Hao Zhou, quien augura una transición con grandes vaivenes. En especial, porque el pulso competitivo y la rivalidad geoestratégica con EEUU puede pausar su itinerario.

En este contexto, la anunciada y no corroborada cita entre Donald Trump y Jinping de mediados de mayo deja varias incógnitas sin resolver y de especial enjundia. Las negociaciones entre las dos superpotencias no se reducen únicamente a un acuerdo sobre aranceles o a una rivalidad geopolítica stricto sensu. Washington y Pekín revelan un choque de modelos económicos en una alocada carrera por la hegemonía internacional. Mientras EEUU intenta contener el ascenso tecnológico de Pekín con vetos comerciales, subsidios industriales y presión sobre sus aliados, China responde con más autonomía, ingentes inversiones en innovación, diversificación productiva y refuerzo de su capacidad para sobreponerse a un horizonte de fragmentación de mercados.

Estas son las pautas que definen el segundo shock chino, que rezuma una enorme habilidad para adecuar el boom tecnológico a su estrategia económica planificada y a su tejido productivo. A diferencia de su anterior modelo, basado en exportar deflación a costes reducidos, el actual combina sus excedentes industriales con un liderazgo creciente en sectores neurálgicos para la transición energética y la digitalización.

Este salto adelante, además, provoca daños colaterales a discreción, y no solo en adversarios como EEUU, que ve cuestionada su supremacía tecnológica. También en socios comerciales como la UE, que se enfrenta a una nueva oleada de competencia en energías verdes; y en sus vecinos asiáticos, que rivalizan entre sí por integrarse en cadenas de valor dominadas por Pekín.

La guerra en Irán evidencia la resiliencia activa china a partir de una arquitectura económica que ha empezado a no depender del orden liberal para prosperar y que marcará el reencuentro entre Trump y Jinping.

La triple palanca IA-tierras raras-chips

El almirante estadounidense Brad Cooper lo resumía con crudeza al describir el impacto de la IA en la guerra: “Estos sistemas convierten procesos de horas o días en segundos”. La aceleración operativa define el nuevo campo de batalla económico y China ha decidido dominarlo desde la base industrial hasta el control de insumos críticos (bienes e instrumentos esenciales para crear escalas de valor).

El resultado es una demanda global creciente (y cada vez más incómoda para Occidente) de tecnología china. Es otro signo de identidad de la versión made in China 2.0: catálogo de servicios y productos avanzados que combinan calidad, escala y precio. De sensores para vehículos eléctricos a robots industriales o baterías, las empresas chinas están colonizando segmentos de alto valor a una velocidad que desconcierta a sus rivales. “Las que sobreviven en el mercado del gigante asiático son imbatibles en cualquier lugar del mundo”, admite un inversor del sector que subraya un ecosistema donde la competencia feroz comprime márgenes, pero multiplica la eficiencia.

Esta dinámica no es casual. Responde a una sucesión de factores de difícil réplica armada desde Pekín con subsidios masivos, abundancia de ingenieros, integración productiva vertical de cadenas de suministro y presión competitiva que obliga a innovar continuamente. El resultado es una deflación tecnológica global articulada con un extenso catálogo de ofertas sofisticadas a precios decrecientes que acaba expulsando a los competidores occidentales, incluso en sectores tradicionalmente protegidos.

La batalla por la hegemonía de los chips es el arma más precisa de esta guerra sin tregua por la soberanía digital. China, lejos de quedar rezagada por las restricciones de Washington, ha logrado redoblar su capacidad de autosuficiencia. Programas de ayudas masivas como el de Shanghái se han revelado excelentes en el desarrollo de chips domésticos, hasta el punto de que los componentes más famosos de los circuitos integrados podrían representar el 55% del mercado nacional de aceleradores de IA en 2027, frente al 17% en 2023. “Los controles a la exportación han creado una oportunidad única para los fabricantes locales”, señalan analistas de Bernstein. Incluso con limitaciones tecnológicas, firmas como Huawei están cerrando la brecha digital y consolidando un ecosistema menos dependiente de Occidente.

Sin embargo, el cambio de paradigma no se limita a vender más tecnología, sino a controlar su difusión. Pekín ha pasado de facilitar la transferencia tecnológica a restringirla con vetos a ventas al exterior, pero también con supervisión política a la concesión de licencias que buscan evitar que su know-how estratégico deje el país. “Es poco probable que China permita que salga algo realmente valioso”, dice un funcionario comercial occidental. La paradoja resulta evidente para Financial Times: el mundo quiere tecnología china, pero Pekín decide quién puede acceder a ella y en qué condiciones.

Este soft power chino se amplifica con su dominio de las tierras raras y su poder para estrangular los cuellos de botella de un mercado clave para la industria de los semiconductores, la defensa o la automoción eléctrica. China concentra desde hace decenios su producción global, lo que le ha reportado un arma estructural que se ha convertido en palanca geopolítica con el boom de la IA.

Un arma contra Occidente, que construyó sus industrias “sobre bases inestables” al beneficiarse de materiales baratos cuyo verdadero coste (ambiental y estratégico) no fue digerido por sus sistemas productivos, precisa Patrick Schröder, investigador en Chatham House. Para Wendy Cutler, antigua negociadora americana con China, el encuentro Trump-Jinping de este mes va a ilustrar, de nuevo, la asimetría entre ambas superpotencias en chips avanzados. Pekín –avisa– negocia cada concesión a cambio de un precio. E incluso cuando concede treguas, “conserva intacta su capacidad de presión”.

Bo Zhengyuan, socio de la firma de investigación de mercados Plenum, anticipa que “no habrá un ganador claro en la próxima década”. En su opinión, está en juego un desafío doble. Por un lado, por el liderazgo tecnológico y, por otro, por el dominio de la arquitectura del poder económico global.

Control comercial, energía verde y orden monetario

Pero los esteroides geoestratégicos de Pekín no se reducen solo a la revolución tecnológica que inició hace un decenio y aceleró tras la Gran Pandemia. También se aprecia en su control sobre puertos y rutas comerciales. Es una piedra angular de su edificio multilateralista, en el que Pekín desea instaurar su renovado poder económico. China ha tejido estos años una red inversora muy tupida e hilvanada de enclaves portuarios en más de 90 naciones con una factura financiera de unos 24.000 millones de dólares que sigue una trayectoria geoestratégica nítida: gestionar los cuellos de botella que atenazan el comercio mundial. Es decir, las pasarelas como Suez, Malaca o Panamá.

Dylan Spencer, académico especializado en el análisis de rutas e infraestructuras comerciales, cree que esta proyección del capital chino en el exterior “no es una fórmula aleatoria, sino que se agrupa en torno a corredores de riesgo y valor elevados, donde el control logístico equivale a influencia económica sostenida”. A ello, añade, se suma la integración de cadenas críticas de suministro: desde puertos conectados a hubs productivos, de transporte, energía o rutas de exportación.

Alexander Wooley, del laboratorio de investigación AidData, añade que Pekín busca garantizarse “la seguridad estratégica” de flujos comerciales. “Están tejiendo una arquitectura marítima que redefine la globalización desde las redes de infraestructura”.

El pulso entre Pekín y Washington también se libra en el orden monetario global. China busca internacionalizar el yuan –o el renminbi, su unidad en el mercado cambiario- sin renunciar al control estatal. Zongyuan Zoe Liu, investigadora en el Council on Foreign Relations, advierte, sin embargo, que la expansión de stablecoins vinculadas al dólar –un negocio potencial que se valora en 1,75 billones—supone una amenaza para los intereses de Jinping. “Abriría un canal de transacciones en billetes verdes americanos que Pekín no podría fiscalizar y erosionaría los pilares de su soberanía financiera”.

Sin duda por ello –alerta en Foreign Policy—, China impulsa sus propias alternativas: desde el sistema de pagos CIPS hasta experimentos con el yuan digital y stablecoins offshore en Hong Kong. Eso sí, con protocolos que priorizan la trazabilidad y supervisión de los movimientos monetarios. Aun así –sostiene Josh Lipsky, director en el Atlantic Council–, el auge internacional del yuan “no puede ser una mera coincidencia” con el surgimiento de crisis o la instauración de sanciones occidentales a terceros países, que les obliga a diversificar transferencias.

El dólar mantiene una ventaja estructural difícil de erosionar a corto plazo. Pero no es un aval eterno. El avance del yuan tiene visos de realpolitik. En marzo, superó el 56% de las transacciones vinculadas a China y su sistema CIPS ha procesado, con éxito, más de 1,2 billones de yuanes diarios.

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